domingo, 29 de abril de 2018

EL CANDROIDE JUSTICIERO en… LA MANADA


El Candroide Justiciero me ha contado que en la noche del 7 de julio de 2016 vivió en Pamplona un suceso, digamos, notable. No hizo falta que le tirase mucho de la lengua. Tras apurar su triglina y encender uno de sus míticos cigarrillos Atómikos, el Candroide se apoyó con calma sobre el alerón derecho de su nave interplanetaria Raptor y empezó a hablar.

"Me encontraba en la calle Paulino Caballero, cuando entre el estruendo del día grande de San Fermín, me pareció escuchar el lamento de un animal arrinconado."

"Se trataba tan solo de un hilo de voz ahogado por la marabunta, pero mi instinto me hizo examinar el entorno y mis circuitos oculares detectaron al instante a un grupo de hombres que arrastraba violentamente a una chica dentro de un portal."

"Me preparé para lo peor. Supe que la actuación requería de lo mejor de mis capacidades de acción. Tomé aire, denso, caliente, como si brotara de una fuente de pacharán, y me dirigí al número 5, donde había entrado el grupo."

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"Con la ayuda de una navaja de hoja dentada, abrí la cerradura y entré en el portal. Estaba vacío. Se escuchaba un opaco susurro al fondo. Tras atravesar el oscuro descansillo forrado de mármol, llegué a una pequeña puerta de madera que temblaba, trémula, como si un rinoceronte se agitara enfermo en su interior. Escuché risas, jadeos y lamentos. Mis circuitos de titanio no necesitaron muchos bits para saber lo que estaba sucediendo en aquel apretado cuartucho."

El Candroide Justiciero dio una honda calada a su cigarrillo Atómiko, hizo una mueca de disgusto y prosiguió con su relato.

"Pegué una patada seca a la puerta, que saltó en añicos. Cinco machos humanoides, petrificados, fijaron sus ojos en mí. Algunos de ellos tenían los pantalones bajados. Una hembra humana joven, sin ropa, abusada, cayó al suelo."

—¿Me conceden ustedes su permiso, señores? —dije mientras le hundía el puño en la mandíbula al primero de los humanoides. A continuación le incrusté la rodilla en el estómago al segundo mientras con una katana tsurugi de doble filo cercené la cabeza del que estaba más escorado, con un teléfono móvil en una mano y la pollita en otra haciéndose una paja en un rincón. Su cabeza cortada, coronada por una mirada de timidez y estupor, parecía pedirme perdón, o igual me pedía que me uniera a la fiesta y él me hacía la foto. Nunca podré saberlo.

—¿Me concede usted su permiso, caballero? —dije mientras con una navaja de acero de Damasco le cortaba una oreja al cuarto humanoide, luego la otra, ahí gritó y le rebané la lengua, que sangró como una fuente de poder, roja como la vida de una hiena.

"Todo sucedió muy rápido. El quinto humanoide intentó golpearme, pero sus pantalones a la altura de las rodillas le hicieron bascular y aproveché ese descuido para cogerle con fuerza del cuello y encajar su cabeza entre dos de los barrotes de la barandilla. Una vez ahí le apreté con fuerza los huevos, en la base, como un racimo de uvas, me los metí en la boca y cerré mis mandíbulas con fuerza canina ¡RAS! Los escupí al rincón donde reposaba la cabeza del fotógrafo al tiempo que un alarido animal, desesperado, inundaba el cubículo y el portal y el hueco de la escalera y el edificio entero. Creo que se escuchó hasta en la calle a pesar del bullicioso e inocente festejo."

El Candroide Justiciero miró el fondo de su vaso de triglina, como si en el interior de ese brebaje pudiera encontrar algo que tuviera sentido, no ya para él, sino para el Universo entero. En el fondo el Candroide era un filósofo, todos lo sabíamos, solo un poco asesino con sus cosas, pero un gran tipo.

"Le pregunté a la niña si se encontraba bien. Le ayudé a vestirse. Llamé a una ambulancia. Les dije a los enfermeros que se encontraba mal, que la llevaran a urgencias, que en una hora llegaría yo. Luego volví a entrar en el portal, recogí los despojos de esos humanoides, de esos desgraciados; recogí sus huevos, sus orejas, su lengua, su cabeza amputada, los restos de una manada antaño poderosa y omnipotente y los amontoné en el centro de la calzada de Paulino Caballero. Ahí, ante el estupor de los festivos viandantes, rocié con gasolina ese mejunje de carne y le prendí fuego con mi zippo cromado."

"Aquello ardía como el infierno, te lo aseguro. Me quedé fascinado por la luz azul de las llamas, que iba abriendo su lengua de fuego en la tenue caída de la noche, haciendo que el día se prolongara aún un poco más, que la luz venciera a las tinieblas, que la verdad prevaleciera sobre el escarnio."

Una lágrima resbaló por los suaves belfos del Candroide Justiciero. En ese momento me pareció un niño asustado por la oscuridad.

"La policía llegó enseguida y me detuvieron. Pero no me condenaron, bueno, solo una pequeña indemnización a la comunidad de vecinos por haberles roto la puerta del cuarto trastero. Por lo de la manada humanoide nada, los jueces estuvieron todos de acuerdo en que yo les había pedido permiso educadamente y ellos no me lo habían negado, con lo cual se infería que estaban implícitamente de acuerdo en que les amputara sus cosas."

—Lo único que me jode, y mucho, es el sabor que me ha quedado en el paladar por los huevos putrefactos de aquel malparido. No se me va ni con dosis dobles de triglina, ¡hostia! Me he bebido litros de esa pócima infecta y todavía hoy sigo con ese puto sabor nauseabundo en los circuitos. ¿Quieres otra Nitro?


Otras aventuras del CANDROIDE JUSTICIERO en los siguientes enlaces: 

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