martes, 6 de diciembre de 2016

El candroide justiciero

Sucedió al empezar el ciclo nocturno del asteroide Eunice, en la órbita de Juno. El atardecer era plácido, de tintes pastel y silencio boreal. Yo bebía una triglina recostado en una de las sedosas hamacas que se distribuían por la playa de magnesio.

Unos metros a mi izquierda, un candroide encendía un cigarrillo de la marca Atómiko, de pie, acomodado sobre sus poderosas patas traseras, contemplando el ocaso mientras saboreaba el humo del uranio enriquecido.

Era tanta la tranquilidad de aquel anochecer en Eunice, que ni la Medium  Medusa hubiera podido adivinar esto que va a suceder a continuación.

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Una vieja furgoneta Volkswagen de 2021 aparece rodando sobre la playa. No es frecuente que un vehículo circule sobre el magnesio. Va despacio, dejando una densa nube gris a su paso.

Se detiene a mi altura, como a cien metros frente a la atalaya donde estamos el candroide y yo.

Se abre la puerta lateral de la furgoneta y sale un organismo esquizoide, un humano grande, como de cien kilos de peso, vestido con uniforme de vigilante color caqui, como un carcelero orbital.

Saca una jaula en la que un perro de cuatro patas, de los que ya escasean en la galaxia, ladra enloquecido. Muerde los barrotes. Sus enormes dientes brillan sobre los últimos rayos de sol.

El carcelero pone la jaula delante de la furgoneta, donde los focos encendidos crean un halo incandescente.

Un vehículo se acerca por el otro extremo de la playa. Se trata de una pequeña nave, un platillo despresurizado de fabricación casera que se acerca despacio, acariciando el aire, a pocos centímetros sobre la arena de magnesio. Lleva las luces encendidas, abriendo un pasillo luminoso en el denso crepúsculo. Cuando su haz de luz forma una intersección con el que proyecta la Volkswagen, el platillo se detiene.

A mi lado, el candroide aspira una profuna calada de su cigarrillo marca Atómiko.

Del platillo despresurizado sale un grupo de tres seres humanos, dos hombres y una mujer de raza blanca terrestre. Hablan a gritos en una lengua centroeuropea. La noche cambia de color. Los focos de los vehículos hacen desaparecer la lluvia estelar.

Los humanoides del platillo sacan una jaula con un perro de pelea. El perro ladra frenético en la jaula. Los humanoides bromean entre ellos y lanzan alaridos desafiantes al carcelero. Le dicen que le han puesto dientes de titanio a su perro de pelea, que lo va a triturar al otro.

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El carcelero pone las largas de su furgoneta, la luz invade la playa, el magnesio brilla con sus reflejos metálicos, peligrosos, su reflejo de veneno.

Las dos jaulas, los dos perros, frente a frente, en una pelea que los dejará destrozados de por vida. O tal vez muertos.

El grupo centroeuropeo muestra una bolsa con diamantes de Sudáfrica. El carcelero muestra a su vez su bolsa de diamantes. La apuesta está hecha. El ganador se quedará con todo.

Se abren las dos jaulas. Los perros se tiran uno contra el otro. Ahora sí los veo bien bajo los focos. Son un Pitbull  y un Rottweiler. Tremendos los dos. Fuertes, ágiles, hambrientos, adiestrados para matar. Veo brillar la dentadura de titanio del Pitbull, que ya ha hundido sus dientes en la piel de su rival.

A mi lado, el candroide saca del interior de su cazadora un arma negurítica de doble cañón vacilado, capaz de abatir cualquier tipo de criatura orbital de un solo tiro. El candroide mira su arma, me mira a mí, luego otra vez al arma y luego al frente, donde los dos perros pelean a muerte.

El candroide baja caminando despacio hasta la playa. Cuando se encuentra ya muy cerca de los haces de luz que proyectan los dos vehículos veo que empuña su arma. Los humanos centroeuropeos y el carcelero no le dedican ni una sola mirada, absortos en la pelea. El candroide dispara una vez. El centroeuropeo del bigote cae fulminado sobre la arena de magnesio con una mezcla de asombro e incredulidad pintada en el rostro. Entonces los otros comprenden lo que está pasando y miran al candroide. Pero ya es tarde para ellos, no les da tiempo a echar mano a sus armas. El candroide lanza otros tres disparos. Tres cuerpos humanos más se desploman sobre la metálica alfombra de magnesio.

Los perros siguen peleando, ajenos a lo que está pasando.

El candroide se agacha en la arena. Guarda su arma negurítica de doble cañón vacilado en el interior de su cazadora de cuero, de la que saca una especie de cuchara cromada. Despacio, muy despacio, con ayuda de la cuchara le saca los ojos de sus cuencas al carcelero. Se las arroja a los perros, que pelean ya con menos convicción, extrañados de sentirse tan solos. El candroide va sacando los ojos uno a uno a los cuatro humanos. Les tira a los perros los cuatro pares de ojos. Los perros han dejado de pelear y olfatean los globos oculares, los lamen. El Pitbull se anima a mordisquear uno de ellos. El Rottweiler le sigue. Devoran los ojos.

El candroide se levanta, se acerca a la furgoneta Volkswagen y apaga el motor y las luces. Hace lo mismo con el platillo despresurizado. La oscuridad regresa a la playa de magnesio. Las estrellas vuelven a brillar en el oscuro cielo del asteroide Eunice. Los perros giran en redondo, desconcertados. Empiezan a caminar por la playa, sin rumbo, libres.

El candroide se acerca a la orilla, que está creciendo y se encuentra ya muy cerca de los humanoides muertos. Limpia la cuchara cromada en el agua de mar y la guarda en el bolsillo interior de su cazadora, junto al arma. Luego se limpia las zarpas, las deja secar a la brisa nocturna, se da la vuelta y regresa a la atalaya muy lentamente, hundiendo sus botas de fibra sideral en la arena.

La marea sigue creciendo y arrastra los cuerpos de los seres humanos hacia el interior, hacia los dominios de Neptuno, con quien deberán ajustar cuentas.

El candroide se tumba en una hamaca, pide una triglina y enciende un Atómiko. Yo pido otra triglina. Hace una noche maravillosa.

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