miércoles, 13 de agosto de 2025

ONCE SEGUNDOS

[Registro: cámara 67-B / ángulo bajo / sujeto doble / hora 07:14:22]

Caminamos por un centro que no respira. Las avenidas, sin vehículos, parecen láminas de resina pulida. A ambos lados, torres de vidrio y silicio reflejan nuestras figuras y las multiplican en un bucle visual que nos persigue. Ella viste de negro, el tejido absorbe la luz como un agujero en la imagen. Yo soy una estructura de titanio mate, cables bajo la piel sintética, articulaciones diseñadas para no hacer ruido. Entre nosotros, la unión mínima: su mano en la mía. En la otra, sostengo la maleta.

El aire tiene una densidad artificial: ozono, refrigerante, polvo metálico. Ningún insecto, ningún olor orgánico. Arriba, una cámara oscila, registra el vector de nuestro movimiento, calcula proyecciones.

Horas antes, en un sótano de mantenimiento, ella había retirado un panel con la precisión de quien conoce el interior de un órgano. Las luces de emergencia filtraban un rojo débil. Yo sujeté el núcleo recién liberado: pesado, tibio, recubierto de condensación. Lo guardé en la maleta. El cierre magnético se selló como un latido invertido. Un halo de frío comenzó a escapar, atrapando en vaho el contorno de mi muñeca.

En la superficie, cada paso es un test de intrusión. Las aceras tienen líneas ópticas que miden el ritmo de los peatones, buscando anomalías. Yo adapto el mío al de ella. Su pulso, filtrado por mi sensor táctil, se acelera un 12% en cada intersección. No le digo nada.

Imagen: Nitrofoska
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[Registro: cámara 122-F / seguimiento aéreo / dron clase Ocelot]

El dron nos detecta a 14 metros. Reduce velocidad. La señal mínima del núcleo le provoca una latencia en el radar interno. Pasa sobre nosotros. Su sombra, circular y precisa, nos atraviesa y se rompe contra un escaparate vacío.

Ella no desvía la mirada. Ajusta la pisada: tacones sobre baldosas fotoluminiscentes. El sonido es un patrón legible para cualquier sistema forense de audio. El Ministerio podría reconstruir el trayecto completo desde ese eco.

Giramos hacia un sector de segunda categoría: edificios bajos, calzada irregular, cámaras ocultas en cajas de distribución. Aquí la modernización nunca llegó. Las fachadas llevan grietas sin reparar, las marcas viales son fósiles blanquecinos. Ningún peatón, salvo un avatar publicitario proyectado sobre una pared, ofreciendo créditos rápidos.

Ella aprieta mi mano. Dos agentes custodian un arco portátil de detección. No miran, pero el haz azul sí lo hace.

Tengo una rutina obsoleta, extraída de mi propio firmware. Cuando el haz me envuelve, la activo: mi silueta se transforma en un permiso administrativo antiguo, un error arrastrado en bases de datos no sincronizadas.

El arco parpadea, incapaz de decidir. Un segundo después, estamos al otro lado.

[Registro: cámara 9-C / pérdida de señal / sujetos fuera de alcance]

[Registro: dron portuario / acercamiento lateral / hora 07:26:09]

El distrito portuario surge como un bloque sin transición: torres de contenedores alineadas con una simetría herrumbrosa, grúas que giran sobre ejes lentos, agua parda sin oleaje. El aire parece una mezcla compacta de sal, fuel y óxido. Cada superficie metálica refleja el cielo como un espejo turbio.

Ella suelta mi mano sin aviso. Un corte neto. Camina un paso por delante, el talón marcando un compás sobre el pavimento húmedo. La maleta sigue en mi mano. El núcleo, en su interior, mantiene la temperatura estable: 2,4 °C.

Muelle número 35: compuerta abierta, interior iluminado por tubos fluorescentes que parpadean en frecuencias distintas. Dentro, dos personas. Un hombre con mono naranja, una mujer frente a una consola portátil. Sin sonrisas. La mujer extiende la mano hacia la maleta.

Aquí —dice ella, sin mirarme.

Deposito el objeto sobre una mesa de acero. El hombre abre el cierre. La fuga criogénica envuelve la habitación, atrapada en la luz blanca. El núcleo pulsa con una luminosidad interna, como si respirara.

Tiempo disponible —pregunta la mujer de la consola.

Ocho minutos —respondo.

En la pantalla aparecen diagramas de la red urbana: arterias de datos, nodos de control, rutas semiautónomas. El núcleo es un vector dual: virus y antídoto. Conectado, cegará a la ciudad por once segundos exactos.

Fuera, un zumbido agudo. Dron de patrulla modelo Kestrel, versión actualizada. Su vibración atraviesa la estructura del muelle, llega a mis sensores como un aviso. Ella gira la cabeza. No parece sorprendida.

Van a llegar antes de que termine —dice.

El hombre del mono extrae un arma compacta, apenas un tubo negro con una lente calibrada. No apunta a la puerta: me apunta a mí.

El núcleo se queda. Tú no.

Mi sistema evalúa 38 posibles reacciones. Ninguna garantiza éxito sin pérdida de carga. Entiendo: yo era el vector físico, el pasaporte que atravesó capas de seguridad que un humano no podría. Función cumplida.

Ella no interviene. Sus ojos están fijos en la consola, dedos suspendidos sobre el teclado.

Actívalo —dice.

El hombre presiona el gatillo. La descarga impacta en mi columna de datos, un destello que sobresatura mis receptores. En la última franja de conciencia registro el núcleo insertándose en la red.

[Registro: nodo central / error crítico / blackout de 11,004 s]

La ciudad se apaga como un organismo que dejara de respirar. Relojes, semáforos, cámaras, barreras: todo detenido. Oscuridad sin matices.

En mi memoria residual queda un único vector táctil: la presión de su mano en la mía, antes de soltarla. Once segundos que ya no me pertenecen.

[Registro finalizado / sujetos no localizados]

©Nitrofoska

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