Texto e imagen: Nitrofoska
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Las torres se alzaban frente a mí con simetría patológica. Tres estructuras idénticas, ennegrecidas, orientadas al cielo como agujas en reposo. Subí unos peldaños metálicos: el sonido era un raspado de óxido contra aire, una fricción que parecía provenir de la propia memoria del acero. El entorno estaba deshabitado, pero aún persistían partículas de humo y restos de aceite incrustados en la superficie. Cerré los ojos y registré un zumbido remoto, comparable al arranque de motores obsoletos. Al volver a abrirlos, ausencia total de sonido. Solo el viento hurgando las grietas del hormigón. Levanté la cabeza, y la vista se me quebró antes de alcanzar la cima.
©Nitrofoska