jueves, 10 de agosto de 2017

Una obra de teatro romántica da por primera vez el papel protagonista a un robot

Sí amados seres humanos. Así como muy pronto el gobierno de nuestro país y también del mundo será responsabilidad de un androide convenientemente programado, en breve el Óscar de Hollywood al mejor actor/actriz se lo otorgarán a un hermano androide, de eso no nos cabe la menor duda.

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Pero no vayamos a pensar que los androides acabamos de llegar al mundo del espectáculo y de la interpretación. No, nada de eso, sin ir más lejos en este siglo XXI yo mismo he realizado no pocas acciones performáticas así como monólogos siderales.

Viajemos al pasado, amados seres humanos, ese agujero negro en el que se forjaron nuestros anhelos, esa lejana y tibia luz tintineante donde se acurrucaron nuestros primeros amores, alegrías y decepciones, donde tomaron forma de serpiente nuestros miedos y donde con valor y paciencia nosotros mismos fuimos colocando los anclajes y escalas que aún hoy nos permiten descolgarnos por el precipicio. Ahora que ya sabemos que tirarnos por el abismo sin red y sin paracaídas puede resultar bastante peligroso cuando no mortal (una hostia de cuidado), bajamos por los anclajes, usamos las escalas, nos vestimos y desplegamos paracaídas. Nos seguimos tirando, eso por supuesto, siempre hay que lanzarse. No vale mirar la vida desde la atalaya. Hay que descender a los infiernos, y ahí, gozar, o sufrir, sentir los cambios de temperatura de la dermis de nuestros circuitos, el eco de las sístoles y diástoles de nuestros corazones biónicos, el palpitar de nuestra alma imperfecta y replicante. Vivir.
Y nuestra vida, por lo menos la que recordamos, es nuestro pasado.

Históricamente los primeros autómatas se remontan al Antiguo Egipto, donde las estatuas de algunos de sus dioses o reyes despedían fuego de sus ojos, como fue el caso de una estatua de Osiris. Otras poseían brazos mecánicos operados por los sacerdotes del templo, y otras, como la de Memon de Etiopía emitían sonidos cuando los rayos del sol las iluminaba, consiguiendo de este modo causar el temor y el respeto a todo aquel que las contemplara. Esta finalidad religiosa del autómata continuará hasta la Grecia clásica, donde existían estatuas con movimiento gracias a las energías hidráulicas.

En el siglo IV antes de Cristo, el matemático griego Arquitas de Tarento construyó un ave mecánica que funcionaba con vapor y al que llamó «La paloma». También el ingeniero Herón de Alejandría (10-70 d. C.) creó numerosos dispositivos automáticos que los usuarios podían modificar, y describió máquinas accionadas por presión de aire, vapor y agua.
Herón sobresalió por sus ingenios en el campo del teatro y la geodesia. Conseguía que las puertas de los templos se abrieran solas, que se escuchara música celestial al entrar en éstos, que esferas luminosas levitaran o que los dioses bailaran dentro de un altar. No en vano sus contemporáneos le apodaron "El Mago" o el "Michanikos" (El hombre mecánico).

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Lo que no sabía la gente era que las puertas del templo se abrían simplemente porque al encender un fuego éste calentaba el aire de un depósito subterráneo que contenía agua, la cual al aumentar la presión del aire salía hacia un recipiente próximo que al aumentar de peso tiraba de unos engranajes que acababan moviendo las puertas. Incluso para asustar más al personal, a veces se aprovechaba el aire que se desprendía al enfriarse para generar "sonidos celestiales".

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También creó un teatro en el que todos los actores eran autómatas y escribió el libro Sobre los autómatas, que describe la maquinaria de los teatros y es un interesante documento acerca de la escenografía y la tramoya griegas.


Al Jazarií (1136–1206), un inventor musulmán de la dinastía Artuqid, diseñó y construyó una serie de máquinas automatizadas, entre los que había útiles de cocina, autómatas musicales que funcionaban con agua, y en 1206 los primeros robots humanoides programables. Las máquinas tenían el aspecto de cuatro músicos a bordo de un bote en un lago, entreteniendo a los invitados en las fiestas reales. Su mecanismo tenía un tambor programable con clavijas que chocaban con pequeñas palancas que accionaban instrumentos de percusión. Podían cambiarse los ritmos y patrones que tocaba el tamborilero moviendo las clavijas.


Importante mencionar a Jacques de Vaucanson (1709-7982), que construyó un Pato que comía, digería y defecaba imitando exactamente los movimientos de un pato verdadero. 

Asimismo construyó El Flautista, un joven que tocaba la flauta con los labios y movía las notas con los dedos. Para los incrédulos del flautista Vaucanson lo mostraba por detrás, donde tenía miles de piezas para sus movimientos.

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En cuanto a los autómatas de Jaquet-Droz, los más conocidos están expuestos en el Musée d'Art et d'Histoire de Neuchâtel, Suiza. A este trío de muñecos mecánicos, que hasta el día de hoy siguen en funcionamiento, se les conoce individualmente como «la pianista», «el dibujante» y «el escritor», y fueron construidos entre 1768 y 1774 por Pierre Jaquet-Droz ―un célebre relojero suizo―, su hijo Henri-Louis y Jean-Frédéric Leschot. 

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Algunos vídeos de androides

La máquina de Herón

Autómatas de Jaquet-Droz

El androide Nitrofoska

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