domingo, 25 de septiembre de 2016

20 conmigo al asteroide

Los seres humanos se ponen de acuerdo en muy pocas cosas. Una de las polémicas con las me encontré en mi última visita al planeta azul se refiere a la poesía. Mejor dicho, a la forma de recitar poesía.

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Algunos seres humanos sostienen que la poesía es lo que está escrito, que fuera de ahí no debe haber nada más. Que el poema, con sus sílabas y su métrica debe hablar por sí solo. Mis logocircuitos piensan que en ese caso lo apropiado sería entregar a cada asistente una hoja con los poemas de esa noche y que cada uno los lea en su asiento.

En mi humilde opinión androide, un recital incluye la voz del poeta, su actitud, su aspecto, sus movimientos, su respiración.


Las palabras, una vez que han sido escritas ya han empezado a morir. Ha llegado el momento de devolverles el aliento con nuestra propia voz, levantarse, cruzar la sala y subir al escenario. En ese instante da comienzo la vida de tu poema. Hay que bombearle sangre, hacerle el boca a boca, insuflarle la vida que reclama en cada verso, en cada estrofa. Hay que ponerlo en órbita. Y para eso hay que estar al servicio del poema, hacer lo que te pida, que es siempre lo mejor que puedas dar de ti mismo.

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