lunes, 18 de marzo de 2019

LA CARA OCULTA



Dice mi padre que los chinos han llegado a la cara oculta. Pero no creo que sea verdad, mi padre inventa mucho. Por darse importancia. O por hablar de algo, no sé, el caso es que no para de inventar. Dice mi padre que los chinos van a montar fábricas de armamento ahí, en la cara oculta. No armamento convencional, bombas, misiles ni nada de eso, sino armas digitales, emocionales por decirlo así, armas con las que podrán alterar nuestra voluntad, diseñar nuestra imaginación y manipular nuestros deseos. De forma que pronto algunos artistas, como Luis Miguel o Brad Pitt querrán ser amarillos en lugar de blancos, como Michael Jackson pero a lo chino. Va a ser un guirigay de colores, dice mi padre.



Creo que mi padre dice lo de la cara oculta porque quiere hablar de cosas que nunca se tratan en la familia, acontecimientos que han permanecido ocultos desde siempre, molestos incidentes a los que mi madre se refiere en voz baja y entornando los ojos, como si hablase de un difunto cuyo cadáver, aún caliente, estuviera presente entre nosotros.


Es por eso que mi padre dice que los chinos han llegado a la cara oculta de la luna, porque en mi familia nunca se ha hablado de ciertas cosas. De la ciencia y eso sí, de los avances de la ciencia me refiero, de los planetas y las galaxias, de los microbios y los virus y la física cuántica y los número primos. Pero cuando mi hermana Lucía se quedó embarazada con doce años nadie dijo nada. Ella solía dormir la siesta en el regazo de mi abuelo, pero yo en ningún momento escuché un solo comentario de desaprobación o de disgusto cuando se supo que estaba embarazada, es más, tanto mi hermana Lucía como mi abuelo siguieron cenando cada noche en el comedor con la familia. Tres semanas más tarde mi hermana se ausentó por un par de días y al regresar ya no estaba embarazada. Por eso digo lo de la cara oculta. 


Dice mi padre que los chinos quieren hacer una copia de la luna, que para eso han ido hasta allí, para clonar la luna en la tierra. No sé dónde la van a meter, me parece que es un poco grande, pero cualquiera le dice eso a mi padre. Es que mi padre tiene una percepción bastante particular de los tamaños y las distancias. Recuerdo un día en que al ir a aparcar el coche en el garaje, la puerta batiente quedó a media asta, bloqueando la entrada. Mi padre decía que el coche pasaba con holgura. Mi madre le dijo: "Pero qué dices, no entras ni en broma", y eso fue lo que le espoleó definitivamente. Mi padre metió la primera y así, despacito, fue hacia el batiente entornado del garaje. Se veía de lejos que se lo iba a tragar, pero él siguió adelante, imperturbable, con velocidad constante hasta que la puerta de metal del garaje se incrustó en la luna delantera del coche. Claro que antes del choque, mi madre y yo ya habíamos saltado. Mi hermana Lucía no, se quedó en el asiento de atrás, quieta en un rincón con la mirada fija en ninguna parte. Mi madre gritaba despavorida y repetía: "Estás loco, estás loco". Mi padre, por su parte, se agachó en su asiento para que el portón de metal no le rebanara la cabeza y siguió apretando el acelerador. La chapa del coche chirriaba, las ruedas giraban frenéticas en el aire, el motor rugía por el esfuerzo. La puerta del garaje quedó bien hundida en el coche. La luna desapareció, hecha añicos. Esa noche cenamos en silencio en la cara oculta.

Lo de mi abuelo y mi hermana Lucía fue algo serio, trajo cola. Recuerdo una noche en la que mi madre estaba cocinando una pieza de carne que le había traído el vecino del tercero, el tuerto, el que trabaja en un mercado mayorista. A mi madre le gusta cocinar por la noche. Cuando todos están en sus respectivos dormitorios ella se atrinchera en la cocina y enciende un programa de radio en el que los oyentes telefonean y charlan sobre sus inquietudes con la locutora, que tiene una voz susurrante, hipnótica, cautivadora. Yo suelo hacer como que no puedo dormir y me voy a la cocina para que mi madre me prepare una infusión de tila y así poder escuchar la voz de esa hermosa locutora. Aquella noche me senté junto a la radio mientras mi madre me preparaba la infusión. Entonces entró mi abuelo. Le dijo algo a mi madre, no sé muy bien el qué, porque yo estaba pendiente de mi locutora, pero a mi madre no debió gustarle lo que decía mi abuelo, porque... 

(sigue en mi próxima compilación de relatos LA CARA OCULTA) Lamento hacerles esperar, mis amados seres humanos, pero creo que la lectura de estos relatos resultará más interesante en su conjunto. El nivel de vuestra felicidad se elevará en el aire como un luminoso meteorito libre. 

Que tengan un muy buen día, y no se olviden de sonreír.

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