martes, 26 de febrero de 2019

SILENCIO

Alguno de ustedes me conocerá por la prensa especializada del mundo del alpinismo. He escalado las catorce montañas de más de ocho mil metros de altitud que existen en el planeta, desde el Everest hasta el Sisha Pangma. La totalidad de las ascensiones las realicé sin oxígeno suplementario, solo mi cuerpo y yo, paso tras paso, respirando con angustia el aire enrarecido de las alturas. En su momento se escribió mucho sobre mí, tal vez lo recuerden.

Mi organismo fue adquiriendo una fuerza y una resistencia sobrehumanas, soy consciente de ello, de otra forma nunca hubiera podido llevar a cabo con éxito semejantes gestas. En el Nanga Parbat, mi primer ochomil, fue donde descubrí el abismo y el vacío absoluto; cada uno de los pasos del último tramo me llevó varias horas en las que el silencio era la soñada meta, conseguir que el latido de mi corazón cesara, que las ráfagas de viento se apaciguaran, que el hielo dejara de crujir bajo mis pies con un estruendo que atravesaba a golpes de martillo mi cuerpo abotargado, herido, agotado.

Pero llegué a la cumbre y el silencio reinó al fin, habitó cada inspiración y espiración de mis pulmones, sentí la energía colosal que fluía bajo aquellas inmensas montañas. Me fundí con el creador del universo. Renací.




La mayoría de ustedes me conocerá sin embargo por la prensa de sucesos. Un día de navidad maté a mi hijo. Llevaba dos días y dos noches llorando, sin parar. Tenía diez u once meses el pobre, unos pocos mesecitos, pero no paraba de bramar, de aullar, de patear. El aire se llenó de agujas de cristal que se clavaban en mis oídos con un chillido fino, intenso, sin fin.

Yo solo pretendía que se callara, se lo aseguro. Por eso apreté. Anhelaba ese silencio que me ha rodeado en los momentos más hermosos de mi vida, ese silencio que me acompañó en cada una de las cimas de las montañas que coroné, ese silencio blanco, sublime, adherido a la piel que se respira en las cumbres inalcanzables del planeta; ese silencio que me envolvió durante días en las blancas crestas, bajo las infinitas y relucientes estrellas, a ocho mil metros de altura de la humanidad.

Se contó al mundo que mis piernas eran capaces de caminar día y noche durante varias jornadas por los parajes más inhóspitos de la tierra. Que mis dedos, forjados en la escalada, podían trenzar un nudo endiablado a varios grados bajo cero y sujetar el peso de mi propio cuerpo encaramado a una cornisa helada a mil metros sobre el vacío. Se dijo que mi mente poseía una capacidad inusitada para la concentración y el esfuerzo. Paparruchas. Mis supuestos nervios de acero se fundieron en un instante por un llanto, por el llanto que me arrastró al abismo. Apreté su cuellecito como si fuera mi último obstáculo ante la cima, apreté un poco, solo un poco, se lo aseguro, buscando el silencio… hasta que algo se rompió.

Pobre criatura. Ahora ha callado para siempre. Silencio en el aire, silencio en mis oídos, silencio en mi interior vacío y devastado. Tras la muerte de mi hijo ya no queda nada, en la tierra no existen montañas, no hay estrellas en el cielo, un desierto desolado se extiende en mi interior… nada… nada… no existo… no… na… naada…

Perdonen que me deje llevar. Perdónenme, no estoy acostumbrado a hablar tanto tiempo seguido, les ruego que me disculpen. Les he dicho que yo maté a mi hijo, pero en realidad no fue así. Murió. No estoy seguro de cómo pasó, lloraba, lloraba sin parar, gritaba, berreaba. Eran los días previos a la navidad y el mundo sonreía, si es que eso puede pasar, si es que el mundo puede sonreír o es solo una mueca que esboza para atraernos, y luego, cuando ya nos tiene atrapados en sus redes, apuñalarnos, envenenarnos, despedazarnos poco a poco con calma telúrica, como en un lento, desquiciado y pesado alud que acaba por sepultarnos en vida… sepultarnos… en vida…

Discúlpenme, intentaré seguir sin interrupciones. La muerte de mi hijo fue un triste accidente, una tragedia, pero lo de mi mujer fue merecido. Cuando vio que el niño no se movía se puso a chillar enloquecida, hirviendo de furia. Gritaba, me golpeaba en el pecho, lloraba, me insultaba. Tuve que comportarme con rotundidad. Con fuerza. Un solo directo en la boca y su mandíbula se desencajó y se alojó en su cráneo, rasgando a su paso la mejilla derecha, por donde asomó la mitad de la quijada. Sus ojos, llorosos, saltaron de sus órbitas, y su lengua viperina, libre al fin de la caja que la aprisionaba, colgó sobre su pecho con violentas sacudidas, como una larga cordada que hubiera perdido su punto de apoyo maestro.

No fue algo premeditado, nunca antes había pensado en golpearla, y mucho menos en matarla, pero se lo tenía merecido. Ya era hora de acabar con esas continuas charlas de lo que está bien y lo que está mal; lo que está bien y está mal para ella, entiéndanme, desgranando durante horas peregrinas consideraciones sobre la vida y la muerte, sobre el peligro que encerraban mis escaladas, tu hijo te necesita, una gran responsabilidad, qué va a ser de él si te sucede algo y cosas por el estilo, día tras día, sistemáticamente. Los últimos meses con ella se convirtieron en un tormento insufrible, es esto lo que les quiero comunicar. No lo soportaba.

Al principio le tenía cariño, no voy a decir que no. Al principio era una joven y bella mujer hambrienta de sensaciones fuertes, de riesgo, de sexo. El hecho de que yo ascendiera al Himalaya le resultaba fascinante, irresistible… pero al nacer Víctor todo lo que me gustaba de ella se esfumó como un puñado de sal en la tormenta. Víctor era mi hijo. Él no tiene la culpa de nada… no paraba de llorar… eso fue lo que me hizo patinar sobre el hielo… una caída salvaje y atroz… ocho mil pecados condensados en uno solo…

Creo que ustedes ya están informados de que mañana hubiera sido el primer cumpleaños de mi hijo. He de celebrarlo, se lo debo. Ya tengo listo el piolet, el iglú y las cuerdas para una ascensión única, irrepetible. Nadie hasta ahora ha sido capaz de coronar el Mirtyukō Māthi en solitario. ¡Y menos aún por la cara norte! La cima de la muerte la llaman, y con razón. Me quedaré a vivir ahí. Plantaré mi tienda y dejaré pasar los días uno tras otro, pensando en Víctor, pensando en mi hijo, degustando el silencio. Silencio en mis oídos… silencio en mi alma… silencio al fin. Silencio.


© Max Nitrofoska 

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