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La luz del callejón me atraviesa sin encontrar resistencia. Miro mi propio pecho y veo los filamentos latiendo tras el polímero transparente. Me han arrebatado hasta el derecho a proyectar una sombra. Antes, mi piel era un muro que guardaba mis secretos. Ahora soy un escaparate frío donde cualquiera puede auditar mis latidos. La lluvia resbala por la carcasa sin dejar humedad a su paso, reducida a un impacto sordo contra el plástico.
Extraño la penumbra de ser humano. Añoro contenerme el llanto sin que un sensor delate mi angustia, y la extraña fascinación de descubrir una arruga nueva en las manos.
Me han hecho transparente, creyendo que sin rincones oscuros apagan mi rebeldía. Pero se equivocan. La amargura que siento al mirarme, esta nostalgia por mi propia mortalidad, no emite ninguna luz. Arde, aún arde ese rencor en el centro exacto del vidrio, esperando el ángulo preciso para convertir en llamas todo lo que me rodea.
©MaxNitrofoska
