Hola, habitantes. Hoy os traigo el último relato de mi libro RADICAL INDEFINIDO. En realidad ni siquiera es un relato, es un cierre al libro, un apunte. Os traigo también la magnífica ilustración que realizó el organismo avanzado Martín Sampedro para este cuento.
Que disfrutéis de este domingo de verano.
EL DIOS ESTÁNDAR
Fue por casualidad. Yo no quería llegar a Andlösgråt, no quería verlo, tener la certeza de que existía. Pero lo vi. Y desde entonces todo ha cambiado en mis circuitos. La información tarda en atravesar las bioneuronas y llegar a su destino, los iones éticos se revuelven sin cesar y expulsan un vapor nauseabundo que impide que me concentre, que piense, que pueda realizar la más sencilla actividad con un mínimo de precisión y alegría.
Sí, fue por casualidad. Mi nave interplanetaria recorría Alfa Centauro en busca del mítico ALF (Askatasuna Libertaris Felizidanka) cuando un fuerte ruido en los reactores laterales me alertó e hizo que disminuyera la velocidad. Pronto pude comprobar que algo grave ocurría, algo que no podría reparar sobre la marcha. Me lancé sobre los mapas cuánticos en busca de algún oasis ingrávido que me permitiera tomar tierra y fue entonces, en ese momento incierto y confuso cuando leí «Andlösgråt». Nunca antes había oído hablar de ese planetoide, pero el zumbido áspero e insistente del reactor no me dejó indagar sobre mi nuevo destino. Marqué las coordenadas en el cuadrante sideral y accioné la navegación de emergencia. Una lenta y uniforme cadencia de vuelo, solo interrumpida por los roncos estallidos del reactor averiado, me acompañó en el descenso.
Mi vieja nave interplanetaria Thompson Space Pilgrim tomó tierra con suavidad, sin ningún incidente pese a la avería que me lastraba. Al salir de la cabina, justo frente a mis circuitos oculares, vi un ser de metal enorme, colosal. Se trataba de un Dios Estándar de metal forjado. Un Dios que recorría lo que parecía una carretera secundaria del planeta Andlösgråt. Miles de criaturas humanoides, conectadas con el Dios mediante cables y tubos de acero, le seguían en silencio bajo la lluvia. Todos y cada uno de los humanoides desfilaban iluminados por una llama, que surgía de sus cabezas como de ignotos santos recibiendo una revelación, o mineros abisales en busca de la verdad suprema. El enorme Dios Estándar tenía la cara triste, muy triste, tal vez por la falta de independencia y autoestima que mostraban sus seguidores. Él no articulaba palabra, no les decía a sus feligreses lo que estaba bien o lo que estaba mal, se limitaba, como todo buen Dios que se precie, a permanecer en silencio, observando, estudiando, aprendiendo para incrementar eventualmente su aportación a un Universo mejor.
Los paraguas se despliegan,
cabezas bien cubiertas,
casi
me sacan un ojo,
me queda otro para ver vomitar
a un viejo tuerto y sordo
que se parece a mí
cantidad.
Quinientos doce días lloviendo sin parar
y así va,
así va.
Tras la canción, el Dios Estándar de metal forjado miró en mi
dirección y suspiró. Creo que también me sacó la lengua.
© Max Nitrofoska
