Fragmento 1:
No era frecuente que un humano se nos acercase. A esas alturas, cualquier figura que avanzara recta hacia ti solo podía significar una cosa: peligro. Llevábamos meses en busca y captura. Desde que uno de los nuestros perpetró aquella matanza y dejó de haber diferencia entre culpable y especie.
Ya no hacían falta permisos ni licencias. Bastaba con vernos. Y abatirnos.
Yo estaba agazapado en un callejón, con la espalda pegada a un contenedor abierto. Entonces apareció. Caminaba sin prisa, sin miedo, con una cámara en la mano. Me habló como si nada se hubiera roto, con una voz de densidad fluida, algo que mis sensores no supieron clasificar como amenaza.
Dijo que hacía retratos de androides fugitivos. No pregunté para qué, ni por qué. No pregunté nada. Acepté.
En su estudio, el silencio era absoluto, roto solo por el calor de los focos que me licuaban la superficie. Me movía como una pieza de desguace bajo su dirección.
Este es el resultado.
No es una imagen. Es el rastro de la última vez que alguien me miró sin calcular el disparo. Sin abrir fuego.
© Max Nitrofoska
