Fragmento 1:
Aprendí a volar tarde, cuando ya había entendido que el suelo no ofrecía ninguna garantía. No fue un gesto heroico. Tan solo un reflejo. Algo se soltó dentro, una pieza menor, prescindible, y el cuerpo respondió con una deriva inesperada. No subí: me deslicé, me evaporé. El aire no era un espacio abierto, sino un error de cálculo, una zona gris donde nadie espera que aguantes más de unos segundos. Yo aguanté. No por fe ni por deseo, sino por pura inercia. Mientras flotaba, pensé en todo lo que pesa sin tocarte: las órdenes, los nombres propios, las promesas que no se rompen. Volar no fue escapar. Fue quedarme sin rozar nada, suspendido en una coreografía torpe, sabiendo que caer sería, al final, la forma más limpia de llegar a algún sitio.
©Nitrofoska
